martes, 20 de mayo de 2008

Manifiesto de la PERRA GORDA y el Arte Cenital sin aditivos

PARTE I: CINEMATOGRAFÍA


La poética aplicada a la creación cinematográfica es múltiple y se adapta siempre, y como último recurso, a la disponibilidad de medios. Comúnmente se hacen las cosas partiendo de una idea. No tan a menudo se llega a la conclusión de que una idea lleva consigo un mensaje y que para articular uno hay que, previamente, tener la necesidad, y la capacidad, de querer decir algo. Pero superados estos elementos básicos, creado el guión y quedando claro el plan de trabajo, nos encontramos con el otro gran problema, irresoluble en una mayoría de casos: “cómo poner el cascabel al gato”.

Planos aéreos; ejes de cámara que se piensan originales y que, si la cultura cinematográfica fuese mayor, nos daríamos cuenta de que ya los han usado antes; travellings; cámaras subjetivas; efectos especiales; luz... todo parece al alcance, no de nuestra mano, pero sí de nuestra imaginación. Lástima que no tengamos un equipo de rodaje completo (incluyendo la edición) instalado en nuestro cerebro.

Pero la insensatez es la compañía de quienes no tienen más años que dedos entre las manos y los pies, y el deseo de comerse al mundo, es una pulsión que surge tan mecánicamente como el acné, los puntos negros o las calenturas hormonales cuando llega el mes de mayo.

Aun así hay que hacer cine. Hay que plasmar, no en celuloide (no hay dinero para tanto), si no en ceros y unos, imágenes y ponerlas una al lado de otras para contar una historia. Esta pulsión sobrepasa la etapa de la hormona loca y se extiende hasta la edad de la arruga, edad esta última en la que, más que comerse al mundo, se espera que el mundo no se lo coma a uno. Pero el cine-vicio llama, como las Sirenas a Ulises y hay que rodar, montar y mostrar y a ser posible todo ello sin arruinarse.

¿Cómo hacer cine sin tener ni un franco? Sencillo. Inventando la poética de la “perra gorda” (moneda equivalente a un céntimo de peseta allende los tiempos). Esta poética parte de que el término “prestado” es la piedra angular del equipo de producción. Que “aficionado” es el estado natural de los componentes del equipo artístico, tanto actores como maquilladores y dibujantes (¿dije dibujantes?, ¡qué lujo!, eso no existe en el cine de la perra gorda) y que “no tengo ni puta idea” y “eso queda bien y hasta original” cuando nos referimos a la sucesión de planos, incongruencias en el raccord y “matices de luz” que no son tales sino errores garrafales, son todos ellos elementos que componen los pilares de todo realizador o al menos de noventa y nueve de cada cien. El que queda no falla porque desiste.


La concepción cenital y sin aditivos (no confundir con el “dogma”) es un intento de emular el neo-realismo italiano que no era otra cosa que rodar con lo que se tenía en localizaciones naturales. La cenitalidad inaditiva sería una excusa, un emplaste intelectual, o mejor dicho, conceptual, pues no hay cosa menos intelectual que hacer, ver y después justificar. Bajo el paraguas de la poética de la perra gorda y tomando como instrumento la cenitalidad inaditiva, cualquier producto cinematográfico verá la luz si no es la luz, por exceso de ésta, la que evite ver las imágenes.

El gran teórico del teatro, Grotovsky, redujo a dos los elementos imprescindibles para que hubiese “hecho teatral”: el actor y el público. La poética de la perra gorda sumada a su aplicación práctica, la cenitalidad inaditiva, logra la misma síntesis, pero en el cine. En conclusión, la nueva poética explica que, para que exista el cine, no hace falta tener talento, sólo encuadre y progresión. De todo lo demás se puede prescindir.

El nuevo cine minimalista hace esencia de esencia, y el nuevo arte compacto resultante es la respuesta a todo cuando se parte de la más inconmensurable de las nadas.

¡¡¡TRES HURRAS POR ÁGATA RUIZ DE LA PRADA!!!